miércoles, 14 de julio de 2010

LECTURA PROHIBIDA


Paseando por la gran biblioteca, con los ojos entornados, acariciando levemente todos los libros que se hallaban a su altura hasta encontrar aquel que le hiciese detenerse y con sumo cuidado cogerlo para primero, con curiosidad, examinar la cubierta. La mayoria de aquellos libros no ofrecían gran información sobre su contenido, ni siquiera un leve dibujo o descripción aún así a ella le gustaba antes de sumergirse en el, echarle un ojo, comprobar cúal viejo podía estar o simplemente admirarlo. Al abrirlo, polvo, una fina cortina de polvo le daba la invitación. Buena señal, solía pensar ella dibujandose una sonrisa en su rostro. Las paginas estaban ya amarillentas y algunas palabras apenas se podían leer, por fortuna no eran palabras importantes. Se pasaba horas y horas leyendolo, escondida o durante la noche, con una velita encedida y toda su curiosidad pues solían ser la clase de libros que una joven sacerdotisa no debía ni mirar. A veces, para no enfadar a su mentor, al cual amaba y respetaba como a un padre, intentaba buscar otra clase de libros, libros banales pero adecuados sin embargo siempre acababa con algún libro prohibido, no podía evitarlo le decía bajando la mirada, sentía que esos libros querían ser leidos por ella.
-No digas estupideces y admite que te gusta desobedecernos. -Le solía gritar uno de ellos. Curiosamente el sabio que más admiraba de los cinco con los que trataba de convivir.
Eso solía hacerla sentirse dolida, pues ella jamás sería capaz de mentirles, para ella eso sería peor que la muerte. Por fortuna y quizás por infantil curiosidad, otro de los sabios, les animó a descubrir si era cierto o no lo que la chiquilla decía. Durante un tiempo y sin que ella lo notase sería vigilada, cada vez que entrase a la gran biblioteca y así como quien no quiere la cosa, se pusieron a ello. Al principio la cosa fue bastante aburrida, nada, nada alarmante o levemente interesante ocurría allí pero un día mientras uno de los sabios, aquel que se proclamó su tutor y la chiquilla estaban en una de las tediosas pero importantísimas lecciones sobre el uso debido e indebido de la magía negra, la chiquilla subitamente se levantó y comenzó a caminar hacía una zona de la biblioteca muy particular. El sabio exclamó:
-Galatea, ¿a dónde te diriges? Esa zona no me corresponde.
Y puesto que ella seguía caminando hacía allá, el sabio rapidamente se levanto y la siguió. Cuando logró dar con ella, casí le da un infarto, ella estaba levitando y se disponía a coger un libro, un libro que además de ser muy grande, emanaba una energía magica que al sabio no le agradó nada.
-¡¿Qué está pasando aquí?! -Gritó el sabio encargado de aquella zona en la biblioteca y viendo a la chiquilla en semejante trance cogiendo precisamente aquel libro, con un breve pero ceremonioso gesto, la hizó bajar de inmediato, haciendola volver en sí. Definitivamente, ese sabio y todos los otros sabios se vieron obligados a creerla. Desde ese día a la chiquilla no le quitaban ojo de encima. No era una sacerdotisa como las demás.