lunes, 8 de agosto de 2011

WeLcoMe To HeLL Amores que no pueden ser correspondidos

NOTA DEL AUTOR (O AUTORA XD):
Tema fuerte pero tratado con la mayor suavidad posible. Avisados quedais ^^'


Ella quería saber, al igual que una vez la señorita necesitó saber, si, por algún casual, había llegado a amar verdaderamente a Blackfield. No me dejaría ir hasta que quedar bien zanjada la cuestión. Sus ojos, azul aguamarina, brillaban con determinación sin embargo sus labios temblaban suavemente. Su mano me agarraba con fuerza, insistente, por lo que, dando un largo resoplido, opté por sentarme a su lado y a dejarle muy clarito lo que yo consideraba más importante con respecto a la relación que mantuve con Blackfield.

-El me quería pero yo a él no, no como a él le hubiese gustado. -

-¿Y eso qué significa? -Me preguntó mirandome fijamente sin comprender del todo lo que había insinuado. Mirando por un instante al techo, meneando la cabeza, me giré bruscamente para mirarla y me dispusé a explicarselo un poco mejor.

-Significa que aunque a veces me agradaba estar con él nunca llegué a sentir amor de enamorado. ¡Sólo era un crío! -

Antes de que volviese a abrir su boca para asestarme otra pregunta que sin duda sería dolorosa y penetrante como una flecha, posando un dedo sobre sus carnosos labios rojizos, le confesé algo, una de esas cosas vividas que no deseas contar a nadie pero que a veces y sólo ante la persona realmente amada terminas contando.

-Shhh... Antes de que salga una nueva pregunta de tus bonitos labios, me gustaría compartir esto contigo. A lo mejor esto aclara mejor tus dudas. -

Charlotte guardó silencio. En sus ojos brillaba la perplejidad y la emoción. Sus ojos junto a su boca eran una de las partes más hermosas de todo su cuerpo. Alejé mi dedo de su boca y sacando fuerzas de algún lugar, lo rememoré con la mayor exactitud posible.


Yo sabía que le gustaba, que le gustaba de un modo que traspasaba la propia expresión, pero cuando me preguntaba si ese sentimiento era procícuo, yo nunca sabía que decirle o que podría haber salido de mi boca. Tenía ese brillo en los ojos propio de las personas que están locamente enamoradas y aunque a menudo trataba de controlar ese fuego que le quemaba, muy pocas veces lo lograba. Empezaba como algo muy sútil, como la pequeña chispa que luego irá creciendo convertida en un fuego abrasador y voraz. A los quince o catorce años lo supé, supé que aquel hombre no sólo me deseaba, me amaba con tanta intensidad que justamente eso era lo que le haría enfermar. Williams, cliente de mis primeros clientes que aún conservaba, me llevó ante él por el perverso placer que le daba contemplar el deseado reencuentro. Su mustio rostro se iluminaría de tal manera...

-¡Michael! ¡Dios mio! ¿De verdad eres tú? -Me diría recobrando su antigua vitalidad estrechandome entre sus brazos. Durante aquel momento pudé sentir como su corazón latía tán fuerte que iba a salirsele del pecho. Al separarnos su sonrisa parecía inalterable pero tán meláncolica. Mirandome de arriba a abajo, se le escaparían estas palabras:

-Oh pero que ven mis ojos, ya no eres mi pequeño principe. Te están convertiendo en todo un hombre. -

Aunque su tono de voz fue tán dulce como siempre lo había sido conmigo, no pude evitar percibir un poco de enojo. Haciendome sentar en sus rodillas, me mostraría su último y según todos los otros artistas de la ciudad el que sería su mejor libro. Las ilustraciones me resultaron especialmente bonitas. Nuestros pies se encontraban en ese momento más cercanos de lo que antes habrían estado. Me había vuelto muy alto pero aún seguía siendo muy delgado y de rasgos muy suavizados. Cuando algunos finos mechones oscuros caían dificultando mi visión, él como solía hacer me los retiraba dedicandome una conmovedora mirada pero al mirarle yo, su frente se arrugaba. Cerrando el libreto con cuidado, le comuniqué mi opinión:

-Me gusta. -

Siendo poseído por un fuerte sentimiento, uno que al parecer había sido largo tiempo adormecido por la fuerza, tomando mi rostro con sus dos manos, me suplicaría algo, algo que para él era de tanta importancia que se había pasado practicamente todo ese tiempo de distanciamiento meditandolo.

-Cuando aquella vez me dijiste lo que me dijiste... ¿Lo sentías realmente? -

Volví a sentirme como si me encontrase entre la espada y la pared. Si le decía la verdad, ¿cuanto dolor le causaría? y si le daba la respuesta que él anhelaba, ¿sería una respuesta que me perseguiría para toda la vida? Lo que me pidió me dejó sin aliento.

-Juliette estaba celosa de tí porque sabía que yo te quería mucho más a tí que a ella pero creo que ahora lo ha superado, ya que me esfuerzo por darle ese amor por el que tanto me suplicó una vez. Asi que, por favor, aunque sea una vil mentira, dime una última vez esas palabras. -

Mi silencio le hizo pensar que yo nunca le querría. Sentí tanta lástima por él que escogí complacerle por última vez.

-Soy sólo tuyo. -

Y fue todo lo que necesitó para que la chispa volviese a brillar, sin engaños. Marchamos en silencio a su dormitorio. El despacho no era un lugar adecuado, el dormitorio siempre creaba un ambiente más intimo. Cerrandose la puerta con un sonoro portazo a nuestras espaldas, me lanzaría suavemente sobre la cama de gran tamaño, humedeciendose los labios, me besaría dejando escapar todo ese fuego que se avivaba por todo su cuerpo. Un beso lento y humedo, que me dejaría impregnada un poco de saliva al separarse nuestras lenguas. Mientras su boca procedía a dar suaves y pausados besos sobre mi cuello, sus manos, tán habilidosas como siempre lo habían sido, desabrochaba los botones de oscuro color que mi vieja camisa poseía mostrando poco a poco mi blanquecina piel. Sentir su humeda y calida lengua de nuevo recorrer esa parte de mi cuerpo lentamente hacía revivir a mi cuerpo emociones incontrolables y muy reprochables. A menudo, más por verguenza que por miedo, cerraba la boca, llegando a morderme con fuerza el labio inferior para no emitir ni un leve suspiro pero aquella vez, digamos que aquella última vez, hice una excepción. Lo que calentó aún más a mi amante. Yo diría que no llegó a penetrarme debido a la fuerte e inesperada eyaculación que sufrió. Desde luego, lo que más placer le daba era dar placer. Sería al poco de preparme para ello, al bajarme los pantalones, desabrochados gracias a la fuerza con la que tiró de ellos. Nuestras respiraciones estaban más que agitadas y todo lo que salía de nuestras bocas eran jadeos, esa clase de jadeos que lanzas cuando estás realizando una ardua actividad fisíca. Ambos andabamos ya muy sofocados, el rubor de nuestras mejillas eran un claro indicio de ello.

-No puedo más... Voy a tomarte ya... -Me informó. Su aliento sobre mí era abrasante, todo su cuerpo.

Asentí, pues no era capaz de decir palabra y cerre los ojos, arrugando la frente. Él, procedió a liberar su ereccto sexo con una mano, con algunos dedos relamidos de la otra procedía a agrandar un poco el pequeño agujero, así habría menos dolor. Cuando sentí unas gotitas cayendo por mis cachetes, creí haberme venido primero pero había sido él. Un largo suspiro surgió de su boca. Apoyando su cabeza sobre mi pecho, con tono de voz avergonzado, dijó:

-Dios... Ya no pudé aguantar más... Lo siento. -

Abrí los ojos y le miré. Los jadeos se habían suavizado. Mi sexo volvió a su languida normalidad en pocos instantes al entrar Williams, que con mirada reprochante, exclamó:

-¡Eres peor que un animal! ¿O esque eres de esos que cuando se mean no son capaces de aguantarse un buen rato? -

El rostro se Blackfield no perdió ni un apice de su rojisímo color. Se apartó de mí y se dirigió al lavabo sin ser capaz de levantar la mirada hacía Williams. A Williams se le veía más que satisfecho. Me obligó a vestirme y nos fuimos.

-Gracias por demostrar mis teorias. Te pagaré el doble de lo acuerdo sólo si mantienes la boca cerrada. -Me anunció sacando varios billetes arrugados de su cartera de cuero marrón antes de dejarme en mitad del Infierno.

-¿Qué teorias? -Quisé saber yo tomando el dinero antes de bajar.

-Blackfield nunca se va a curar. El que es un monstruo, muere siendo un monstruo. -

-Tú sabías lo mucho que me quería... Qué cabrón eres. -Fue lo último que le solté al comprender el proposito de todo aquello.

-Y tu finges quererle. Es parte de tu trabajo. -Fue su gran estocada. Él siempre vencía, fuese en lo que fuese. Con una sonrisa que se agrandaba, me hizó salir del carruaje.

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