martes, 12 de julio de 2011

WELCOME to HELL - Kuroshitsuji

"La carencia de vicios añade muy poco a la virtud"
Antonio Machado - Poeta y prosista español


Me observaba como quien observa un objeto de gran valor o aspecto inigualable o como a una persona de gran cargo o de gran fascinación. Aunque no tenía larga vida a sus espaldas, llegando a la mitad y poco más, en su rostro se apreciaba ese cansancio y esa lentitud tán propia de una persona anciana. Colocando su mano derecha sobre parte de su rostro me escuchaba sin decir palabra, poseía una sonrisa que no parecía desvanecerse y sus ojos brillaban como hacía tiempo que no brillaban. Por un momento parecía haber recuperado algo de ese encanto que tanto me llamó la atención la primera vez que nos conocimos. Sentados frente a frente, separados por una larga mesa de recia madera, muy dañada, nuestro encuentro no parecía muy agradable. He de admitir que me dió algo de pena ver que su elegante ropa había sido sustituida por un feo y gastado pijama que años atrás habría sido blanco.

-He venido a preguntarte una cosa. -Dije, rompiendo el frio silencio que reinaba en la pequeña habitación.

-Te escucho. -Dijo él sin apenas variar su postura.

-¿Sabrías decirme dónde podría encontrar a las victimas del monstruo apodado El titiritero? -Lo pregunté sin andarme con rodeos. -Unos niños trabajadores del Circus Circus fueron secuestrados hace poco por él. -

Negando con la cabeza, sin que su sonrisa se deformase, me respondió:

-¿El titiritero? Ese nombre me suena pero apenas sé sobre él. -

Se quedó pensativo un instante, fue el único momento que no le ví sonreir.

-Quizás Williams pueda decirte más. Él tenía un grupo de amistades más amplio que yo. -

-Es posible. De todos modos, gracias por tu colaboración. -Concluí incorporandome pues tenía pensado irme. La expresión en su rostro varió con rapidez.

-¿Ya te vas? -Quisó saber arrugando la frente.

La sonrisa se dobló finalmente. Sus ojos estaban secos pero parecía a punto de llorar. Levantandose bruscamente, haciendo caer su taburete a un lado, me pediría alargar la visita.

-Quedate. Por favor, quedate un poquito más. -

Sus palabras salían atropelladamente. Yo continué caminando hacía la puerta. Tán sólo había venido a recoger un poco de información, lo demás era innecesario. Fije mis ojos en la puerta, a sabiendas de que si me giraba para observar a Blackfield por última vez, a ese Blackfield solo y desgastado, quizás comenzaría a sentir pena por él y volvería a reflectar una imagen similar a la que W solía retener. Erronea y o corrosiva. Un monstruo es un monstruo, tenga corazón o no. Alcanzando la puerta mientras giraba el picaporte para que ésta se abriese, Blackfield, en un último intento por prologar mi estancia, me daría un dato escalofriante.

-Me encontré una vez con el llamado Titiritero. Me pidió escribirle un cuento, algo bonito que leerle a sus amiguitos. -

Me marché de todos modos, no me iba a poner a hablar sobre esas vivencias con él al igual que no le hablaría de los otros monstruos que empece a conocer.

El hogar de la señorita Susan, sobrina hasta el momento no muy conocida, de Williams era grandioso rodeado de bellos jardines pero eso para Williams no debía de ser una novedad. Desde la ventana del carruaje observaba callado los magnificos paisajes que aquella tierra le ofrecía. Aquella zona no tenía nada que ver con el Infierno. Lo cúal le resultaba demasiado previsible. Williams siempre fue un hombre que buscaba lo inadecuado, lo imprevisible y lo prohibido. Era demasiado inquieto para vivir tál y como a su familia le hubiese gustado, más, muy a su pesar, les contentó sacandose la carrera de abogado. Cuando el cochero informó de que ya habían llegado, Williams, al poco de detenerse los caballos, abriendo la puerta contestó con voz enérgica:

-¡Ya iba siendo hora! -

Practicamente salió al exterior de un salto. Se encontraba ansioso de salir de esa caja con ruedas tirada por caballos. Por muy largo que fuese el trayecto, Williams no parecía agarrotado. Entregó la correspondiente cantidad de dinero que el cochero demandaba por realizar el trayecto y camino hacía la gran mansión. La fachada lucía un recatado color salmón. Elección de su hermana, a ella le gustaban los tonos suaves y colores rosados. Williams se detuvó frente a la puerta llevando su equipaje no muy abultado sobre uno de sus hombros. Al poco de golpear el portón dorado dos veces, un aviejado mayordomo de mirada severa le abriría invitandolo a pasar al interior de la mansión. En el gran salón, de estrechura y estilo decorativo parecido al de su vivienda pero con muebles pintados a mano de blanco y alguna que otra escultura de reluciente marmol, se encontraba la señorita Susan junto a su madre y la madre de su padre. La niña sería la única de las tres en recibirle con una entusiasta sonrisa y a posteriori, un abrazo.

-¡Tío Williams! -Exclamaría echandose a sus brazos riendo.

-¡Hola Susanne! ¡Veo que aún te acuerdas de mí! -Exclamaría él a su vez mientras la acogía en sus brazos. Ella diría:

-¡Síi! -

Al igual que su buena amiga Elisabeth, Susan era una chiquilla alegre y despreocupada. A Williams le gustaba que tuviese ese caracter. Su hermana en cambio siempre fue una niñita seria y demasiado formal para su edad. Era alta, delgada, todavía por desarrollar atributos pero con un precioso cabello castaño claro y ojos grisaceos. Muy similar a su abuelita materna, presente en el gran salón.

-Es todo un encanto. -Anunciaría sentandose entre las damas de mayor edad. La niña, sin maldad, se sentaría en sus rodillas. Era su tío más querido porque era el hombre más divertido de toda la familia. Su madre la reprendería con la mirada, no confiaba en su hermano y menos cuando su hija estaba de por medio. Susan fue de inmediato a sentarse a un sillón, con la frente arrugada. Ella no comprendía porque su madre la alejaba de su querido tío. Es lo que a veces pasa, no vemos el peligro hasta que estamos bien dentro de él. Williams fue presentado a la madre de Stefan, la cúal le estrechó la mano por mero protócolo. A ella tampoco le agradaba del todo aquel hombre. Es más, no podía concebir que la maravillosa Annette y Williams viniesen del mismo vientre. Williams tampoco se mostró excesivamente simpatico, aquella mujer le recordaba demasiado a otra dama de gran temer, la señora Grey.

Un hombre todo vestido de negro cubierto por una larga capa de igual color informaría a M de que Williams hacía poco que había emprendido un viaje. M abandonaría la mansión de William de muy mal humor. La diosa fortuna no parecía estar de su lado esa semana. Cuando al instante de su llegada escuche un gran estrepito arriba, en la parte de mi casa que le cedí amablemente, supe perfectamente que el no encontrar a ese canalla de Williams le había molestado. Subí a reprenderle.

-Mis muebles no tienen la culpa de que las cosas no te salgan bien a veces. -Le comenté adoptando un tono autoritario. -Deja de golpear mis muebles. -

Él se detuvo pero aún había mucha rabia en sus ojos.

-Tienes razón. Supongo que a veces no soy capaz de controlar mis emociones. -Admitió con una sonrisilla.

-Pues te convendría controlarlas. -Le recordé antes de regresar a la parte de abajo, la única que me quedaba, retomando mis cosas, es decir, retomando o bien la lectura de alguno de los muchos libros que formaban parte de mi biblioteca privada o finalizando algún cuadro. Quizás a exponer, quizás para disfrute personal. En el momento que aquel tipo de negro se presento en mi casa para hablar con M o para lo que fuese, supé que M estaba metido en algo serio, muy serio.

-El Infierno se va a convertir en un infierno literalmente. -Le soltó con una enigmatica sonrisa.

-¿De verdad? -Se mofó M.

-Sí. Sólo venía a avisarte. -Le respondió ignorando la fanfarroneria de M. -Yo no seré el unico demonio que pase por aqui. -

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